Foto: Jorge Villa

Foto: Jorge Villa

Me llamo Beatriz Sancho. Soy periodista y padezco un trastorno bipolar desde hace ocho años. Siempre pensé que contar mi historia y la evolución favorable de mi enfermedad podría beneficiar a otras personas con enfermedad mental a la par que dotar de luz a un trastorno prácticamente desconocido que, como todas las enfermedades mentales, provoca unos prejuicios y unos temores intolerables a estas alturas.

Cuando me propusieron escribir en primera persona contándome, comprendí que era el momento de responsabilizarme y utilizar mi profesión para dar voz a todos aquellos que luchamos cada día por conquistar una estabilidad que se resiste, pero que es posible. Con una autoestima lacerada, emprendo este reto periodístico y personal para el que, tras un inmenso esfuerzo, estoy capacitada.


Me gusta definir el trastorno bipolar como un vaivén anímico hacia arriba y hacia abajo, una fluctuación entre alegría extrema y depresión insondable salpicado de fases intermedias, que se repiten una y otra vez. Para mí, el trastorno bipolar se ha convertido en una forma de vida, una toma de conciencia plena de la enfermedad que me hace estar alerta cada día: la toma de la medicación, ir cada semana al grupo de psicoterapia, evitar situaciones estresantes, llevar una vida lo más ordenada posible e intentar circundarme del afecto de las personas que me rodean para que sus ojos me adviertan de lo que no veo cuando pierdo la lucidez.

Julia, mi madre, comenta:

“La primera vez que escuchamos el término ‘trastorno bipolar’ fue el día en el que se lo diagnosticaron a mi hija, a los 26 años. En esos momentos, Beatriz, siempre ávida en investigar sobre todo lo que desconoce, no pudo ayudarme en la búsqueda de información sobre la enfermedad. Pasaba por la euforia o manía más grande que jamás ha atravesado. Hoy sé que una manía es la elevación patológica del estado del ánimo en la que se suele presentar una disminución de la necesidad de dormir, un aumento de la sociabilidad y del gasto económico, locuacidad, aceleración del pensamiento. Dependiendo de la persona afectada, también imaginan proyectos grandiosos y/o absurdos e incluso presentan delirios y alucinaciones”.

Actualmente, la información sobre el trastorno bipolar es más accesible, pero nos habría venido muy bien cualquier dato sobre la enfermedad por aquel entonces. Especialmente a mi madre, que andaba desesperada intentando comprender qué patología era aquella que me afectaba, cómo atajarla y cómo restablecer la estabilidad a la única hija que le quedaba, después de haber perdido a su primogénito ocho años antes. Así lo cuenta Julia:

“Encontrar información especializada, participar en tratamientos integrales, asistir a cursos y charlas o dar con una asociación adecuada de personas que estuvieran sufriendo nuestra misma situación era un desafío. Poco a poco conseguimos conocer la enfermedad”.

Eduard Vieta, director del programa de trastornos bipolares del Hospital Clínic de Barcelona, asegura:

“La familia puede ayudar en la evolución favorable del paciente, especialmente en el cumplimiento del tratamiento farmacológico. Hay que involucrarla porque puede ejercer un papel esencial para ayudar al paciente a comprender mejor su enfermedad. No solo habrá que implicar a los familiares más cercanos, sino muy especialmente a las parejas”.

Los seis primeros años de la enfermedad fueron un continuo peregrinar. Pasé por ocho euforias y dos depresiones. No conseguía concienciarme de que padecía una enfermedad crónica y de que tenía que hacer todo lo posible por  evitar más episodios maníacos. De hecho, mi adhesión al tratamiento farmacológico dejaba mucho que desear y, en innumerables ocasiones, olvidaba tomarme las sales de litio prescritas, el estabilizador del ánimo necesario para impedir las sucesivas recaídas que sufrí durante seis años. A eso se añade la vida completamente desordenada que llevaba y las pérdidas sociales (amigos, compañeros de trabajo, etc.) y laborales que padecí.
 
Eduard Vieta continúa:

“Sabemos que los episodios de manía predicen otros nuevos. Las consecuencias del mal cumplimiento del tratamiento de fármacos son la cronicidad, el empeoramiento de la enfermedad, el aumento de recaídas, la dificultad para una buena adaptación psicosocial y la pérdida de cursos académicos o trabajos. La conciencia de la enfermedad influirá en el pronóstico y, en este sentido, la actitud del psiquiatra es fundamental”.

UN ANTES Y UN DESPUÉS

Foto: Jorge Villa

Foto: Jorge Villa

La última crisis eufórica que me sobrevino, hace ahora dos años y cuatro meses, marcó un antes y un después en el transcurso de la enfermedad. Supuso un punto de inflexión absoluto porque fue entonces cuando me responsabilicé de la ingestión puntual del litio (y el neuroléptico que añadieron a mi tratamiento que, seguramente, haya sido otro preventivo más) y comencé a tener plena conciencia de la enfermedad con la que he de convivir de por vida.
 
Jeroen Völkers, mi marido relata:

“Mi relación con Beatriz comenzó hace casi cinco años. Para mí fue un flechazo instantáneo. Intenté por todos los medios que se convirtiera en mi novia formal, pero ella rehusaba siempre, ya que sus anteriores experiencias sentimentales le habían originado a un rechazo visceral del compromiso. Durante los dos primeros años, nuestra relación se interrumpió en muchísimas ocasiones. Sin embargo, en una ciudad tan grande como Madrid, la vida hacía que nos encontráramos inesperadamente y que nos volviéramos a unir”.

Hasta después de mucho tiempo, no le confesé mi enfermedad. Lo solía ocultar porque siempre pensé que era algo muy personal y que la gente cambiaría de actitud hacia mí si lo supiesen. La enfermedad mental es un estigma que los pacientes llevamos como una losa a nuestra espalda y, en principio, hasta que uno no está seguro, hay que elegir muy bien a quién hacemos partícipes de nuestro sufrimiento.
 
Asegura Völkers:

“Recuerdo el día en que me lo contó. Estábamos en el parque de Las Vistillas. No podía dar crédito a lo que Beatriz reconocía, ya que aseguraba que la había visto pasar por tres episodios maníacos diferentes y no me había dado cuenta de nada. En realidad, esto es porque los síntomas que presenta mi mujer en sus euforias son los mismos rasgos de su personalidad pero exagerados. En verdad, a mí no me importó que padeciera una enfermedad mental. Me había enamorado de ella”.

La última manía me costó dos semanas de internamiento en el centro de día del hospital Gregorio Marañón para recuperarme. Sin embargo, aún estaría unos meses en casa con un fuerte tratamiento farmácológico que afectaba a mi psicomotricidad y me adormecía la mayoría del tiempo. Aquellos eran momentos depresivos en los que quizás fuera mejor que no me viera nadie, aunque, sentía la necesidad de recibir visitas. Aparte de mi familia, sólo Jeroen venía a verme día sí y día también. Él y mis padres fueron los únicos que me acompañaron en uno de los peores trances de mi vida.

“Beatriz, entonces, comenzó a cuidar más su relación con Jeroen. Era emocionante verlo cruzarse todo Madrid de punta a punta, cada día, para pasar unas horas con mi hija, que apenas si era ella. Fue entonces cuando debió comprender que aquel hombre la amaba de corazón y era digno de todo su respeto”, comenta Eduardo, mi padre. “También los vecinos de la urbanización se volcaron con ella. Nos fuimos de viaje a Santander y se peleaban por llevar del brazo a mi hija, por atender cualquier necesidad o deseo que pudiera tener. En esos momentos, la enfermedad no se puede esconder y, desde entonces, Beatriz tomó la decisión de reconocerla ante cualquier persona, en contra de mi recomendación”.

Este avatar propició que la relación con Jeroen se volviera más seria. Tomé su mano para seguir caminando y me aferré a su apoyo incondicional. Sin embargo, una circunstancia precipitó nuestra unión. “Le acababan de subir el alquiler de su casa y, como no podía pagarlo sola, me propuso irme a vivir con ella. Me mudaba a La Latina, uno de mis barrios favoritos, y con la persona que amaba. No pude resistirme”, advierte Völkers.
 
En la convivencia fue realmente cuando terminé de enamorarme de Jeroen. Esta experiencia requiere esfuerzo, ceder y mucha tolerancia y aceptación. Sin embargo, con Jeroen todo fluía, era fácil, nos adaptamos el uno al otro de inmediato y nuestras diferencias se limaron con naturalidad. Cuando comenzamos a vivir juntos, cobraba la baja de la empresa para la que trabajaba por aquel entonces. En mi carrera por recuperar mi autoestima y hacer algo con mi tiempo libre, comencé a estudiar unas oposiciones para auxiliar administrativo. Es muy típico que las personas con problemas de salud mental estudien o desarrollen profesiones para las que están sobre cualificadas.
 
Mi marido comenta:

“Siempre animé a Beatriz a que buscara un trabajo para que se mantuviera activa y encontrara esos amigos que tanto echaba en falta. Ella, entonces, no creía que pudiera conseguirlo, pero intenté ayudarla a creer en sí misma y a poner todo su empeño en integrarse laboral y socialmente. Lo ha conseguido y está muy feliz con su trabajo y sus compañeros que se han convertido en grandes amigos”.

Inés Marichalar, compañera y amiga de Servimedia, asegura:

“Beatriz es una excelente compañera de trabajo, pero para mí es mucho más que eso: nosotros, sus compañeros de departamento, hemos encontrado una amiga sincera, generosa y cariñosa con la que se puede contar y que siempre tiene una sonrisa que ofrecer”.

PÉRDIDAS LABORALES

Frances Colom, responsable del área de investigación del ‘Programa de trastornos bipolares’ del Centro de Investigaciones Biomédicas en Red en Salud Mental (Cibersam) atestigua:

“El paciente tiene que aprender las consecuencias de la enfermedad. De algún modo, se dará cuenta de que no es gratuita sino que implica, después de cada nuevo episodio, pérdidas. Pérdidas de todo tipo: en el área laboral, social y en la autoestima del propio paciente”.

Siempre he sido muy introspectiva y, mientras estudiaba en casa, comencé a revisar la cantidad de empleos por los que había pasado en toda mi vida. Justo cuando me dio la primera euforia, con 26 años, me despidieron de la versión para Internet de la ‘Guía del Ocio’ donde estaba como redactora jefe de la sección de Teatro. Desde entonces hasta hoy no había vuelto a ejercer mi profesión. Después estuve como documentalista en el ‘El País’, como camarera en Irlanda y, cuando regresé de allí, me puse a estudiar unas oposiciones para profesora de Literatura de Secundaria, después de conseguir el Curso de Adaptación Pedagógica, pero me sobrevino otra manía.
 
Mi padre asegura:

“Siempre creí que mi hija, después de haber sido una brillante alumna, se había convertido en una irresponsable y que perdía todos sus empleos porque no quería trabajar. Pero luego, me fui dando cuenta de que no era así. Estuvo como administrativa trilingüe en ‘IBM’, estaba muy orgulloso de ese empleo, pero tuvo una euforia, y la despidieron. Después, pasó a ser asistente personal de Rafael Ansón, que era un trabajo excelente y muy bien remunerado. Le advertí que lo cuidara, que desde allí se le podrían abrir muchas puertas, pero comentó que padecía un trastorno bipolar y en dos horas tenía una carta de despido en sus manos. Todas las puertas se le cerraban y casi siempre como consecuencia de su enfermedad. Siempre lamentaré no haber denunciado todos esos atropellos”.

También estuve unos meses de teleoperadora en ‘Yodeima’, una empresa de perfumes, donde no me renovaron el contrato, como a casi ninguno de mis compañeros, aunque, he de admitir, que durante los últimos meses estaba ya en una fase hipomaníaca (una manía más leve) de la que nadie se dio cuenta. En ese mismo estado, conseguí otro empleo inmediatamente, también como teleoperadora, en ‘INGdirect’. Fue la única vez en que logré darme cuenta de que me estaba sobreviniendo un nuevo episodio y me autoprotegí acogiéndome a una baja médica, tal y como me había aconsejado el doctor García Larrosa, mi médico de familia y gran aliado en esta batalla por la estabilidad y la integración socio-laboral.

Uno se puede hacer una idea de lo que pueden significar toda esta serie de despidos improcedentes para la autoestima, de por sí débil, de una persona con enfermedad mental. Mediante el análisis de toda esta experiencia laboral llegué a la conclusión de que, de alguna manera, necesitaba una protección, algo que me ayudara a conseguir un trabajo en el que pudiera decir que padecía un trastorno bipolar y, justo por ello, respetaran mis crisis y me guardaran el puesto hasta mi recuperación.
 
Había oído algo acerca de empresas que contrataban personas con discapacidad. Por este motivo, pensé que lo primero que tenía que hacer era conseguir certificar la mía propia ya que, aunque invisible, era real. Pasé por un jurado que me otorgó un 33 por ciento de discapacidad, precisamente, porque “necesitaba una ayuda para poder encontrar y mantener un empleo”, algo crucial para que me integrara laboralmente.
 
El terapeuta ocupacional que me asesoró entonces mencionó algo sobre una agencia de información en la que se contrataban periodistas con discapacidad. Me puse a investigar en Internet y me topé con ‘Servimedia’. Me faltó tiempo para llamar y pedir un trabajo. En ese momento, me dijeron que no necesitaban a nadie, pero seguí llamando a la agencia cada semana para preguntar si había salido algún puesto que se adecuara a mi perfil.
 
Al cabo de un tiempo, me llamaron para concertar una entrevista de trabajo. Me entrevistó José Manuel Huesa, director general de la agencia, y al cabo de unos días me informaron de que tenían un puesto en ‘Servimedia’ para mí. Me incorporararía pasadas las navidades. Estaba temblando de emoción, volvía a tomar contacto con mi profesión, tenía que demostrar lo que valía, aunque me invadía una inseguridad tremenda y el temor de que mi historia personal, mi pasado cíclico, se repitiera.
 
Mi compañera Inés comenta:

“Beatriz es una persona trabajadora, responsable y siempre dispuesta a ayudar a los demás en el plano laboral. Si tuviera que destacar algún rasgo de su personalidad sería su sinceridad, lo positiva que es y el cariño que derrocha con todo el mundo. Su integración en la agencia ha sido increíble, y la gente solamente se acuerda de que tiene trastorno bipolar cuando ella lo menciona, porque, sinceramente, si no nos lo hubiera contado, nunca lo habríamos adivinado”.

Seis largos años de pérdidas me ha enseñado a valorar lo que tengo: dos años y cuatro meses de estabilidad, un trabajo en el que me siento protegida y valorada, un esposo maravilloso, unos padres con los que puedo contar en todo momento, nuevos amigos y una autoestima que se va sanando con mucho esfuerzo. Cada día doy gracias por lo que tengo, pero vivo siempre con el temor de que en algún momento tendré que lidiar con una nueva euforia. Esta es mi historia, pero si me lo permiten, me gustaría contarles mucho más acerca del trastorno bipolar: la importancia de la integración laboral y el tratamiento integral; las causas del deterioro cognitivo; la posible regeneración neuronal, y la esperanza de un futuro mejor, que uno mismo puede moldear.